Las recientes alertas sanitarias por dengue en distintas zonas del país han vuelto a poner en evidencia que esta enfermedad sigue siendo uno de los mayores desafíos para la salud pública en Ecuador. Aunque las campañas de prevención se fortalecen cada año, el virus sigue encontrando condiciones favorables para propagarse, especialmente durante la temporada lluviosa y en zonas donde el almacenamiento de agua y las altas temperaturas facilitan la reproducción del mosquito transmisor.
Pablo Espinosa, epidemiólogo y docente de la Escuela de Medicina de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), explica que el aumento de casos no puede atribuirse a un único factor. El comportamiento del dengue responde a la interacción entre el clima, la urbanización, la movilidad de la población y las condiciones ambientales que favorecen el desarrollo del mosquito Aedes aegypti, principal responsable de la transmisión de la enfermedad en el país.
El especialista señala que las lluvias generan nuevos depósitos de agua donde el mosquito deposita sus huevos, mientras que las altas temperaturas aceleran tanto el desarrollo de las larvas como la multiplicación del virus dentro del insecto. A esto se suman el crecimiento de las ciudades, el almacenamiento de agua en recipientes sin protección debido a interrupciones en el abastecimiento y el constante desplazamiento de personas entre provincias, factores que permiten que el virus circule con mayor facilidad.
A diferencia de otras enfermedades infecciosas, el dengue no se transmite de persona a persona. La infección requiere la participación de un mosquito infectado que adquiere el virus al picar a una persona durante el período en que este circula en la sangre. Una vez infectado, el mosquito puede transmitir el virus durante toda su vida, aumentando el riesgo de nuevos contagios cada vez que se alimenta.
Uno de los aspectos menos conocidos del dengue es que una misma persona puede padecer la enfermedad hasta en cuatro ocasiones. Esto ocurre porque existen cuatro serotipos diferentes del virus. Haber superado una infección genera protección únicamente frente al serotipo responsable, pero no evita el contagio por los demás. De hecho, una segunda infección con un serotipo distinto puede incrementar el riesgo de desarrollar formas graves de la enfermedad debido a la respuesta del propio sistema inmunológico.
Según Espinosa, actualmente la Organización Mundial de la Salud utiliza el término «dengue grave» porque describe de mejor manera las complicaciones que pueden presentarse. Aunque las hemorragias pueden ocurrir, el principal problema no es el sangrado, sino el aumento de la permeabilidad de los vasos sanguíneos, que permite la salida de plasma hacia los tejidos. Esta alteración puede provocar una disminución del volumen de sangre circulante, choque, daño en órganos como el hígado, el corazón, los riñones o el sistema nervioso, e incluso poner en riesgo la vida del paciente si no recibe atención médica oportuna.
En Ecuador, la mayor carga de enfermedad continúa concentrándose en provincias de la Costa y la Amazonía, donde las condiciones climáticas favorecen la presencia del mosquito durante gran parte del año. Sin embargo, el incremento de las temperaturas, la expansión urbana y el cambio climático han permitido que el vector llegue progresivamente a nuevas zonas del país donde antes la transmisión era limitada.
El docente también destaca la presencia de Aedes albopictus, conocido como mosquito tigre asiático. Aunque esta especie tiene menor capacidad para transmitir el virus que Aedes aegypti, su expansión hacia varias provincias ecuatorianas obliga a mantener una vigilancia permanente, ya que puede contribuir a la circulación del dengue en nuevos escenarios ecológicos.
Otro de los desafíos actuales es la resistencia que algunas poblaciones de mosquitos han desarrollado frente a determinados insecticidas utilizados en las campañas de fumigación. Esto significa que el control químico, aunque sigue siendo una herramienta importante durante los brotes, ya no es suficiente por sí solo para reducir la transmisión y debe complementarse con acciones permanentes de prevención en los hogares y las comunidades.
En cuanto a las vacunas, Espinosa explica que representan un avance importante en la lucha contra el dengue, pero no constituyen una solución definitiva. Debido a la existencia de cuatro serotipos y a la compleja respuesta inmunológica que genera la enfermedad, su implementación debe formar parte de una estrategia integral que incluya vigilancia epidemiológica, control del mosquito, diagnóstico oportuno y educación de la población.
Por ello, las medidas preventivas continúan siendo la forma más efectiva de reducir el riesgo de contagio. Eliminar semanalmente los recipientes que acumulen agua, mantener tapados tanques y cisternas, limpiar canaletas y patios, desechar objetos que puedan convertirse en criaderos y utilizar repelente o ropa de manga larga en zonas de riesgo siguen siendo acciones fundamentales para disminuir la población del mosquito.
Finalmente, Espinosa recomienda acudir inmediatamente a un establecimiento de salud ante la presencia de fiebre alta, dolor muscular intenso, dolor detrás de los ojos, erupciones en la piel o cualquier signo de alarma. También recuerda que no se debe recurrir a la automedicación con antiinflamatorios como ibuprofeno, diclofenaco o aspirina, ya que estos medicamentos pueden incrementar el riesgo de hemorragias. El diagnóstico temprano, una adecuada hidratación y la atención médica oportuna continúan siendo las herramientas más eficaces para evitar complicaciones y reducir la mortalidad asociada al dengue.
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